Yo solo sé escribir por encargo.
La primera vez que escribí un cuento infantil siendo adulto había llegado hace no mucho a Lyon y no me parecía lo correcto dar explicaciones sobre hacia donde movía la cama o las cervezas que bebía. Léase no me parecía lo correcto pero interprétese no sabía si era lo correcto. En aquel momento prefería cruzar toda la ciudad antes de dormir en una cama que no fuera la mía.
Ahora vivo al lado del mar como quien vive al lado de una bolera: siempre está bien tenerlo a mano, de vez en cuando hay un altercado, pueden pasar años sin que me acerque pero si un día lo quitan me va a parecer feo. Y sigo prefiriendo cruzar la ciudad a dormir en otra cama. Vuelvo a Madrid que tampoco tiene mar pero sí boleras y es algo así como el sitio al que nunca tuve que haber llegado, hasta el punto que por más que lo intenté, jamás logré llegar. No sé si tengo miedo a alejarme de la costa por morir de hambre como las gaviotas o porque me trague una ballena como a Jonás, pero Marie-Claire dice que dentro de la ballena tampoco se está tan mal.
Quizás no fueramos los mejores pero me conformo con pensar con que fuimos un banquillo de aúpa.
Aunque vengamos siempre desde el lado contrario.
Yo no quería que nadie leyera este blog. Esta era una hoja de ruta llena de ceniza sobre lo que jamás iba a conseguir hacer y ya lo ves, beber es mi forma de decirte "I love you". Hay viudas de muertos y nosotras somos viudas de vivos. Si alguien tiene la fuerza de escarbar en las palabras, sabrá lo que encuentra. Dicen que en esta area están todos los tesoros pero nadie ha cavado aún.
Podría declararme culpable por no saber bucear, por marearme al navegar en altamar, sería culpable si todo eso importase. Harto de buscar al doppelganger a sabiendas que es augurio de muerte. Cada vez que alguien me lee las lineas de la mano dice que no tengo linea de la vida.
Me vuelvo a Madrid como quien se va una noche con la guitarrista de Rebellion Soundtrack.
O quien se larga 170 kilómetros para escuchar un par de canciones.
¡Abridme las ventanas que quiero ver el mar! Somos viudas de marineros a la deriva a los que quizás se haya tragado una ballena y aún no lo sabemos. Aguantamos en tierra. Vomitamos por la terraza como si fuese por la borda. Nos mareamos en los terremotos. Nuestro camarote da al pasillo y la cena de gala se la tiene que calentar uno mismo. Como un atún que salta de charco en charco desde Lyon a Madrid sin hacer escala. Llamadme Ismael pero os juro que la ballena ya se ha ido.
Y aquel iceberg son solo los hielos de un cubata. Pero nos vamos a hundir igualmente.
